sábado, 7 de noviembre de 2009

AYAHUASCA UN ANTES Y UN DESPUES



Nunca pensé en probar la ayahuasca. Había oído hablar de sus efectos alucinógenos y de la capacidad de la planta para mostrarte tus miedos sin censuras. No sabía cómo la ayahuasca puede abrirte las puertas del subconsciente para enfrentarte a tus partes negras con toda la fuerza de la naturaleza y con la misma violencia que la tierra se abre para parir la vida. En realidad, no sabía nada de esta planta-medicina.

Ronin me propuso una sesión para ayudarme con algunas historias añejas que me habían dejado heridas mal cerradas. Yo me negué hasta el último momento. Mi objetivo era acompañar a mi pareja, quien sí conocía la parte teórica que rodea a la ayahuasca. Creo que la confianza, la serenidad y el optimismo de Ronin viraron mi decisión. Él ha sido una luz en mi camino. En mi viaje.

Tuvimos mucha suerte. La sesión se celebró con la participación de tres chamanes –dos hombres y una mujer- aunque sólo uno orquestaba la ceremonia: Pekon Soi, un chamán shipibo con la experiencia de generaciones sobre sus espaldas.

No sé si mi relato será del interés de algún lector. Tampoco sé si se entenderá el surrealismo de mis visiones, ni mi relato pueril de todo lo que viví. Sólo sé que la ayahuasca marcó un antes y un después. Puedo decir que con ella viví una de las experiencias más fuertes de mi vida.

Aquí está mi sesión tal y como la escribí dos días después de la experiencia. Para orientar al lector, confieso que ‘padecía’ fobias muy fuertes a los animalitos pequeños. Arañas, gusanos, escorpiones, cucarachas… ‘formaban’ parte de mis peores pesadillas. La muerte y los espíritus han sido otra constante en mi experiencia vital.

Ahora sí, ya puedes entrar en mi mente: 

El chamán me entrega mi cuenco con media dosis de ayahuasca. Ronin creyó conveniente que tomara menos por mis reticencias a tomarla. Cierro los ojos y le pido a la planta que me devuelva la tranquilidad con un viaje tranquilo. La tomo. No me sabe mal, pero sigo nerviosa. Apagan todas las velas y me tumbo. Rápidamente comienzo a ver las celdillas de un panel de abejas en blanco y negro. Todo empieza a moverse y veo líneas a mi alrededor que se mueven de arriba a abajo, de izquierda a derecha, de adelante a atrás. Estas líneas actúan como raíles que me acercan o me alejan pequeños mecanismos parecidos a los de una caja de música, pero son cientos de máquinas de colores y yo veo cómo funcionan todas porque están abiertas.

De repente, las sombras me rodean por todas partes. Son como espíritus, siluetas de color verde oscuro que yo identifico como mujeres, algunas acompañadas de sus hijas. Con la mente les digo que no se acerquen tanto. Se alejan un segundo, pero otra vez vuelven a mí, me rodean, vienen de todas partes, de los lados, de arriba, de atrás... Me incorporo, voy a vomitar. Consigo sentarme y una de las sombras, sentada también, se acerca hacia mí levitando por delante y extiende sus brazos para abrazarme, se acerca, se acerca... quiere meterse dentro de mí, como si fuera mi espíritu. Me asusta y llamo a Clara (la chamana). Ella se acerca pero las sombras siguen a mi alrededor. Oigo un ruido diferente mientras las imágenes suceden. Clara me tranquiliza sin que yo mencione nada: “Es la Pachamama. La Pachamama está llena de mujeres que pueden ayudarte. Dame la mano. No estás sola. Vas a estar bien”. Cuando ella dice esas palabras las sombras se transforman y se mueven dentro de todos los raíles, que han vuelto e invaden la habitación con luces en movimiento. Las mujeres siguen ahí moviéndose, tienen la forma y el color de la diosa hindú de ocho brazos, pero al final se queda con dos brazos en constante movimiento, como sus piernas. Vuelvo a tumbarme, siento una fuerte presión en el cerebro y un pitido intenso en la zona derecha (luego supe que eran los sonidos de los grillos). Tengo un segundo para pensar que la ayahuasca es demasiado fuerte, que no lo voy a soportar. Pero mis pensamientos se diluyen, no puedo controlarlos, alguna frase surge lenta. No puedo moverme, mi cuerpo es como un muñeco que no me corresponde. Sigo escuchando el sonido de la ayahuasca acompañando mis visiones. Quiero culpar a mi pareja por estar en esta situación, pero también este pensamiento se marcha rápido. Recuerdo a mi madre. Soy consciente de que este viaje es mío, personal, y que estoy sola ante mis visiones. Respiro hondo y me tranquilizo. Varias colmenas –tres que yo pueda ver-, descienden hacia mí con su forma cónica: más estrecha arriba, mas ancha cerca de mis ojos. Y se mueven rápido, también dan vueltas. En cada celdilla hay algún insecto, pero con rasgos humanos, sus caras o sus manos, sus piernas, en otros casos. Van cambiando en un mundo multicolor, como los dibujos animados en 3D. Todos representan su pequeña función para mí. La colmena principal es amarilla y de repente los insectos comienzan a querer alimentarme, descuelgan con hilos trozos de tartas, dulces… Siento que me están cubriendo la boca, la nariz, que no me dejan respirar… Muevo mis manos en un esfuerzo desesperado por apartarlos de mi cara. Veo que no tengo nada y vuelvo a respirar tranquila. Pero se mueven rápido y tengo ganas de vomitar. No sé si podré agarrar mi balde. Puedo. Me siento y vomito mientras ellos me dicen mentalmente que estoy echando lo malo que hay en mi cuerpo. Yo les digo: “Vale, tranquilos. Lo entiendo. Ya lo veo, estoy vomitando las cosas malas”. Ya no cuelga de ellos comida, ahora son todos negros y tiran rayos, esqueletos –signo de peligro-, todo sobre mi vómito. Hago grandes esfuerzos por vomitar, aunque tampoco echo mucho pienso que lo que sale de mi boca también es negro.

Estoy tranquila cuando me tumbo porque el canto de los chamanes entra en mis visiones y está conmigo recordándome donde estoy. Antes de que los chamanes comenzaran a cantar era el canto de las ranas –muy distorsionado y que me costó identificar- el que me traía de vuelta. No puedo mover mi cuerpo. Tumbada busco la colcha para arroparme. Me quité las gafas hace tiempo. Estoy cómoda. Veo plantas moviéndose y girando a mi alrededor. Le recuerdo a la ayahuasca que le pedí un viaje tranquilo. Telepáticamente, ella me recuerda que está aquí para ayudarme, no para hacerme daño. Siento que tengo que seguir mirando. Vuelve la colmena. Ahora veo la que está a mi derecha. Se vuelve siniestra. Oscura, como los cantos del tercer chamán. Mientras Soi y Clara armonizan mis visiones, éste las oscurece. No entiendo qué pasa. (Nota: Después, supimos que este chamán se había auto-invitado a la sesión de una forma poco convencional). Animales negros, arañas, escorpiones… abren sus bocas llenas de largos dientes y se acercan para atacarme, se burlan de mí. No quiero ver esto. Intento apartarlos con mis manos y la colmena se transforma en un infierno, en el que caen los que desean atacarme, se queman y la colmena se hace ceniza y polvo que cae. Miro la colmena central. Escucho el canto de un chamán. Es Clara y regreso durante unos segundos a la habitación. Otra vez veo la colmena que todo lo envuelve. Los animales siguen con su espectáculo. Un grupo me mira obsceno. No quiero mirar. Gusanos se descuelgan de la colmena, siempre están cerca de mi cara, para caer sobre mí. Me muevo bruscamente y los aparto con las manos, con los pies, con todo mi cuerpo.

Regreso con el canto distorsionado de los chamanes. Escucho la voz de mi pareja pidiendo más ayahuasca al chamán. Quiero decirle que no lo haga, que es muy fuerte, pero no puedo hablar. Antes bebí mucha cantidad de agua, tenía sed cuando mis visiones querían darme de comer. Siento como lagrimeo y moqueo.

La rapidez de las imágenes ha disminuido, es más lento. Pienso en mi pareja y en qué estará viendo él. Sonrío y empieza a fluir la risa. Me río tanto que no puedo parar. Me calmo. Veo imágenes geométricas girando, bailando a mi alrededor. Luego aparece mi yo niña y mi yo adulta caminando las dos solas por el camino que me llevaba al colegio. Estamos solas en el mundo. La adulta ayuda a la niña con una maleta. Las dos llevamos el mismo corte de pelo. La niña tiene miedo. La adulta quiere hablar con ella y decirle que no se preocupe, que todo va a salir bien, que cuando sea mayor se sentirá más segura, pero la adulta sabe que esto es mentira y cuando habla sólo dice: “Cuando seas mayor serás feliz, muy feliz”. Comienzo a reírme mucho, muchísimo. Oigo como mi pareja se contagia con mi risa, me siento tan feliz que las carcajadas sacuden todo mi cuerpo. Rápidamente me inunda un pensamiento: ‘Eres más feliz de lo que crees’.

Y por fin regreso a la habitación con mis compañeros de ceremonia. Le digo a mi compañero: ‘Cariño, estoy aquí. Acabo de volver’. Han pasado más de tres horas aunque a mí me han parecido 20 minutos. Recupero mi cuerpo totalmente al mismo tiempo que me incorporo a mi nivel consciente. Cuando comencé a tener las visiones, en el primer momento de los efectos de la ayahuasca pensé que no iba a poder soportarlo, que me iba a volver loca. Sin embargo, me di cuenta de que yo podía mantenerme tranquila. Controlarlo, aunque sólo fuera en cierta medida. Cuando sentía miedo escuchaba los cantos chamánicos y sabía que en mi viaje íntimo, tan personal, ellos se colaban ahí para acompañarme, para hablar con la ayahuasca, para guiarla a ella y guiarme a mí. Así lo sentí. Al regresar, me sentía tranquila y muy feliz. Muy feliz.

Beijaflor
Periodista Española