miércoles, 11 de enero de 2012

MITOTE DE UNA NOCHE DE VERANO




Por Javier Cuadra Lira


Toda experiencia con una planta, o con cualquier evento vital o no vital, ordinario y simple, sencillo, empieza mucho antes, se genera en el pre-mundo, en lo no manifiesto, y luego deviene  la intención,  todo va hilvanándose y conformándose para que aquello que es deseo se materialice en este mundo de los sentidos. De lo invisible a lo manifiesto. De tal manera que la primera experiencia realmente ya ha ocurrido aún antes de experimentarla. El deseo de comulgar. Primero se lee o escuchamos accidentalmente de ello, luego meses o años de estudio, el acercamiento o acechanza, el primer contacto físico, somático, con la planta viva, en su medio natural. Y en su medio cultural interpretativo, el candelabro mágico. Hace años que estamos escuchando rumores del San Pedro, chismes, cuentos, historias, relatos.
Mi primer esqueje tenía regalo, varios días después de cortado, de un brote lateral eclosionó una maravillosa flor blanca, navegante de las nubes. Enorme como un Ekilore, y de aroma penetrante. Yo creo que fue un buen presagio. Gracias Huachumita.
Y pasaron cuatro años. Se dice pronto. Pero es el tiempo de la espera necesaria. Y cuando aparecen los signos del tiempo de la toma, aparecen los otros acompañantes necesarios, como las cohortes, compañeros de toma, Ronin Metsa, el canal de otros elementos, pues no viene solo “el Ronin”, nos trajo Mapachito, fueguito sagrado y muchas historias alegres.  Una vez juntos todos los elementos indispensables,  preparamos el Aguacoya.
Decididos  a entrar en comunión con Huachumita, elegimos el perímetro protector que  una vieja haya del bosque nos ofreció  para cubrirnos de la lluvia, del viento, del sereno de la noche y porque el árbol es un anfitrión acostumbrado a albergar personas bajo su ser. A la vera del camino oculto de los monjes de Arantzazu  y el cauce del río, seco a causa del verano. Que el agua esté o no esté visible no significa que su presencia no se perciba, la humedad ronda el entorno.  El cauce que tiene en el fondo vacío todo lo que siendo arrastrado quedó en alguna piedra adherido. Pero no para siempre. El agua promete siempre volver y toda detención es temporal.
Establecimos el Témenos o espacio sagrado alrededor de otro abuelito, el fuego, de una vieja hoguera que otros, no sabemos si explorers o no, había dejado hace mucho tiempo. Habíamos llegado al atardecer y recogimos la materia prima para alimentar al abuelito hasta que consideramos que había suficiente leña. También desplegamos nuestra presencia: tienda, mantas para colocar nuestros auxiliares y junto al árbol la botella con Huachuma.  Entre los auxiliares  disponíamos de agua, fruta, abuelito chocolate, mapachito, santa María y palo santo.
Llegado el momento empezamos  la ceremonia convocando al abuelito fuego, que no tardó en aparecer entre humo y chispas, y pidiendo mucho alimento. Empezó voraz al inicio y luego se apaciguó hasta quedarse satisfecho. Una vez  presente el fuego sagrado le toca en orden aparecer a Don mapacho, en polvo de rapé, que amablemente Ronin prepara y nos sacudimos la conciencia, el Ajna, directo al tercer ojo, para que nos acompañe y no echemos en falta alimento corporal y el señor sueño nos permita permanecer despiertos durante la experiencia completa. Seguidamente y sin dilación consumimos Huachumita, pulposo y adherente, tanto que para extraer el elixir era necesario incluso rumiarlo un rato. Interesante dato, rumiar es mascar muchas veces, sentir el sabor y que se pega al paladar. Pasarlo casi sin agua. Al parecer Huachuma pide pasar poco a poco. Yo no diría que es una experiencia desagradable, hay que pasarlo y hacerse a la idea sin más. Una vez ingerido volvimos a pedir ayuda a Mapacho, pero en forma fumada en cachimbo. Y a meditar para llamar la mareación. Ronin se sentó a esperar el ocaso del día en la manta y yo me dirigí a la orilla del árbol y me senté en un tronco a su orilla, mientras se abre camino Huachuma dentro ya. Reverbera en las tripas.
En determinado momento, ya cuando está todo desdibujado porque el ocaso está ocurriendo y el día se marcha, cuando la sombra está tomando el lugar de la definición, y el bosque se fusiona y deja ver mas claramente su aspecto colectivo, cuando el búho sale y llama al compañero y avisa que es la hora en la que los espíritus salen de sus hogares, los pájaros diurnos se han guardado, y los pequeños pasos se oyen entre las hojas, en ese instante se escuchó al fuego resoplar. ¿Será que fue Mezcalito el que lo sopló?  Parece ser que sopló alguna presencia y ayudó  a encender el fuego. Terminado el llamado a mareación nos acercamos al abuelito a calentarnos y a esperar el show de esa noche. Al acercarnos al fuego Ronin me pregunta: -¿Tú soplaste?  -No, ¿Por qué? -Me dice: -me soplaron varias veces muy fuerte, como hacen los curanderos, justo al lado mientras meditaba, y escuché al fuego mientras cómo se avivaba, ya me parecía que no eras tú-.
La segunda aparición fue bajo la forma de una centella color naranja que recorrió todo el lindero del bosque y bajo el manto de nubes que en ese momento de Oeste a Este, atravesaba nuestro horizonte visual.  Y no era una estrella fugaz ni un meteoro. Los bosques están poblados de seres y muchos seres humanos por descuido o por ignorancia o por simple negación no asumen que estamos completamente rodeados por las presencias. Pues aquella centella pasó dando pequeños saltos como cuando tiramos una piedra a ras de la superficie del agua y se va rebotando hasta que se hunde, pues igual aquella se fue dando botes por el cielo hasta que desapareció en la negrura de una nube.
Hasta ese momento aún estábamos en el estado ordinario del ser, pero ya empezábamos a notar en la conciencia y el cuerpo los primeros cambios, se presentó la música interior, el crujido del cuello, ligeros espasmos musculares, movimiento de tripas, náuseas leves, los acúfenos de los oídos, y sin querer se nos empezaron a escapar los primeros silbidos. Salen solos, ah, y el bostezo también, nuestro querido contagioso, se pasa de uno a otro y cuando vemos las cosas ya no son como antes, ahora ya todo ha cambiado, somos otros siendo el mismo. Ya estamos entonados. El bosque se mueve, y adquiere cierta luminosidad en las hojas, cierta definición, y además, se mueve, y no es el viento. Vemos el movimiento del árbol, y tanto se acerca como se aleja el temblor de las hojas. Hay cierta profundidad en la mirada de los ojos adaptados a la noche, pues todo es perfectamente discernible. No necesitamos luces auxiliares. Uno se entretiene un rato sintiendo el cambio, y maravillándonos cómo un tiempo antes la percepción es completamente diferente. Aunque también el entorno es propicio de transformarnos aún sin haber tomando nada. A esa hora y en ese lugar, el mundo es otro. Es la noche en el bosque antiguo, el reino de las Hayas. Y de las hadas. Suele ser el hogar de los pequeños fuegos fatuos, pequeñas luces fosforescentes que son como la avanzadilla, los pequeños curiosos, carajitos de bosque les llamo yo, traviesos, suelen asomarse y aparecer como una pequeña luz, débil al inicio, y luego rutilante, que se enciende cuando se toma conciencia de su presencia. Su travesura consiste en que se oculta cuando intentas tocarlo o enfocarlo con una luz artificial, el foco por ejemplo, vas y alumbras y te das cuenta que no hay nada, no es una luciérnaga, y no hay nada que pueda provocar esa luz verde fosforescente. Te alejas y de pronto, como tomándote el pelo, vuelve a encenderse. Suelen infundirme respeto, normalmente cuando me las encuentro, pues las evito. Carajitos de bosque.
No mucho después la luna llena hizo presencia desde el este, lenta fue apareciendo, poco a poco ocupando el espacio y alumbró el panorama estelar. Vino acompañada de unas nubes pero nosotros seguíamos con los árboles y su movimiento sedoso, y ahora estamos siendo testigos que intentan elevar sus ramas en un vaivén como si dentro de la marea del mar estuviésemos. Como si no fuesen árboles, más bien algas Kelp en su océano. Eso es lo que hace Huachuma, hace balancearse las cosas. Y los sonidos del bosque, o el silencio del bosque, alternando con el vaivén de las cosas y de nosotros.  ¿Y la luna? allá arriba. ¿Y el Sol? Bebiendo pozol.
No sé cuando Ronin empieza a silbar una melodía, ya la luna está cerca del cénit. Viene acompañada por montones de nubes que acuden a encontrarse con ella desde el  Oeste, y según va silbando, también son como la marea, empiezan a moverse a torcerse o a bailar alrededor del disco lunar, empiezan a adquirir formas quizás antropomorfas o zoomorfas o de figuras que no podemos describir, complejas, que recuerdan lo mismo a cosas figuradas que abstractas. Parecen diseños shipibos, los dos vemos lo mismo y Ronin bastante perplejo dice: - parece reaccionar al silbido. -¿Tú crees?- Ni él mismo cree lo que ve. Es demasiado fantástico y maravilloso. Debemos haber hecho algo muy bueno para merecernos esto. Y se van y aparecen otras, y si Ronin silba se vuelven a entonar con el ritmo. También les dejamos hacer solas, y no intervenimos. Es como si el show estuviera montado para nosotros. O justamente hemos sincronizado el mitote para la noche mágica de luna llena de verano. Las cosas se dan solas. O se dan si se tienen que dar y parece que acertamos con la fecha elegida. Y eso lo vamos a confirmar ahora. Sigamos.
La luna pasó y se ocultó entre el bosque dando paso a un cielo estrellado u ocupado por nubes. Entonces la atención se dirigió hacia un lindero del bosque y aparecieron sus seres. Distintos de los carajitos. Los que normalmente no se dejan ver y de los que hemos oído hablar solamente en las leyendas y el folklore. Primero, tímidamente se fue encendiendo una pequeña luz intensa con la potencia y luminosidad de una linterna, el brillo de una estrella, pero en la espesura del bosque. Luego de esta se desprendieron otras tres, un poco más pequeñas, rutilantes, constantemente enviando destellos, avanzaron desde dentro del bosque hacia los linderos pero se detuvieron en la orilla que coincide con el paso del camino de los humanos. No se acercaron más, solamente se hicieron notar. Decirnos: -Henos aquí. Venimos desde cualquier tiempo, jamás nos hemos marchado de nuestro hogar, no hemos desaparecido ni pertenecemos a un pasado mitológico. No somos producto del imaginario de vuestros ancestros. Hemos estado siempre en contacto y somos visibles en este plano existencial.
Pausa para darle a la fruta. Lo siento pero estas vivencias dan hambre a pesar que he guardado dieta por 4 días previamente y me he abstenido de sal, azúcar y sexo. Y darnos fuerza con mapachito. Hora de invitar a Santa María a nuestra compañía. Maravillosa. La cachimba de Ronin ya humea. Mapacho y María la divina.
Seguimos en el desvelo.  La luna ha pasado y nos ha dejado en la penumbra, no en la oscuridad. Hasta ahora todo el espectáculo ha estado orientado hacia lo estelar. Toca bajar a tierra. Desde el fondo del barranco hacia donde va el agua del río, se escucha una cierta reverberación. Parece el sonido de la voz humana. No es el viento y el silencio de la distancia que muy temprano nos traía el lejano tum tum de alguna verbena de pueblo. Es la reverberación del río, de otros seres que también tienen su mitote a la luz de la luna. Como en la noche de Walpurgis, me da la impresión de escuchar un coro que súbitamente calla. Y el revoloteo de algún ave nocturna entre las ramas o sobre nuestras cabezas que no se deje ver, sólo para oír. Y la pequeña polilla que temprano se posó en mi cabeza vuelve a aparecer. Sabes Ronin, cada vez que Huachuma se presenta,  es como con los niños santos (honguitos); tiene emisario. Cuando las oleadas de conocimiento nos abruman, yo escucho a un grillo. Esta noche el emisario es un grillo que cada vez que hace cric cric está llamando a la mareación. El emisario no es el mismo siempre, con los niños santos a veces es un gato, o una campana. El grillo, la polilla, la hoja que agita el viento, todos son emisarios.
Nos giramos completamente y dimos cara al bosque que todo el tiempo ha estado detrás de nosotros. Llamó nuestra atención simultáneamente. Al inicio el suelo del bosque y el karts que subyace bajo la hojarasca estaba oscuro, pero poco a poco adquirió cierta palidez, como si fuese iluminado por haces filtrados de los rayos de la luna. Pero la luna hace tiempo que el bosque se la tragó. Esa palidez se fue transformando en color. Fosforescente, luminiscente, adquiriendo consistencia de gelatina, como goteando y derramándose. Dentro de ese magma verde, se podían distinguir puntos de mayor luminosidad verdosa, y todo parece moverse. Ocupa un área bastante grande pero no todo el subsuelo, sino que son parches de grande porciones. El protoplasma del bosque, un ser colectivo. El fenómeno fue efímero. Apareció y desapareció súbitamente. Como si fuese tragado o lo hubieran dragado desde los agujeros de la roca calcárea, con sus simas, sumideros, desapareció de la misma manera que apareció.
Y vuelven los sonidos de las aves de la noche. El aleteo de ese pájaro que nunca llegamos a ver. ¿Sabes quién no se presentó esta noche Ronin, aunque se le oyó pasar a lo lejos bramando? Al venado. O corzo, que es su homólogo. Claro que tenía que dejar su impronta. La huella de su paso. Donde está Huachuma está el venado. Soltó un bramido que se parece al ladrido de un perro grande, sólo uno, y se fue.
Y el mundo vuelve a cambiar. Otra vez el relevo. Pájaros del amanecer. También despunta Venus, la estrella de la mañana que anticipa el día. Noche mágica de verano. Buenos días Ronin, buenos días Huachuma. Buenos días abuelito chocolate. Buenos días Sol. 

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